Giant Robot Magazine domina desde hace una década el mundo de la cultura pop y geek chic asiático-estadounidense. Abarca un espectro amplio: cine, música, artes plásticas, moda, skating, diseño y juguetes de autor.
Además de una revista (bimensual y publicada en California aunque yo la compraba en la estación de tren de Malmö cuando vivía en Suecia) Giant Robot es una tienda. Tienda surtida como los intereses de sus clientes. En ella se puede encontrar desde pegotines, juguetes, peluches, camisetas (varias lucidas por Sheldon Cooper, el de Big Bang Theory), libros con más figuritas que texto, pins, robots, macacos coleccionables y anuncios de la movida musical y plástica del sur de California.
La primer tienda de Giant Robot –GR1– abrió en Sawtelle, en pleno barrio japonés de Los Angeles. Casi en frente, ahora está GR2, tienda complementaria y galería de arte. Al ladito, ahora está GR/EATS, versión comestible de Giant Robot. También hay una tienda en San Francisco y otra, parece, en Nueva York.
La primera vez que fui a Giant Robot me partió la cabeza. Es una tienda bastante pequeña, prolija y sorprendente. Es una juguetería para grandes, una biblioteca para tocar, un lugar para pasar tardes de lluvia. Antes de salir –sin saber que GR era una institución internacional– repalomo le dije al que atendía “está buenísima tu tienda”. Algo así como decirle a Bob Dylan “che, qué lindas cancioncitas que haces. Seguí adelante, gurí, tenés potencial”.
Cada vez que voy a Los Angeles o San Francisco peregrino a GR y me traigo un pedacito de cielo. Una Ugly Doll, algún pegotín, un prendedor de Hello Kitty, un libro sobre videojuegos dibujados con carbonilla.
Ayer la noche nos sorprendió junto a mi amigo William nuevamente en la calle Sawtelle. Llegamos sobre la hora de cierre, pero igual pudimos hacer algún destrozo, menor pero respetable. Seguimos viaje a dos cuadras, donde hay una tienda de videojuegos japoneses (carísimos, nunca compro nada ahí, pero está bueno darse una vuelta para ver qué juegos desgastan los pulgares ponjas estos días).
En la calle se nos acerca un tipo. Los gringos son así; se ponen a charlar con desconocidos. Dice que nos vió en la tienda y quería saber de donde éramos. William californiano, yo de Uruguay. Normalmente siempre acompaño al nombre de mi país con un “tiny little country in South America between Argentina and Brazil. Not Paraguay, though”.
El desconocido resultó ser nada menos que Eric Nakamura, co-editor de Giant Robot Magazine, dueño de las tiendas e ilustre artista de la escena angeleña. Amablemente me responde: “mil disculpas, no sé mucho sobre el Uruguay. Lo único que sé es que hay un video en YouTube de unos robots enormes que rompen a pedazos la capital. Montevideo, no?”
Nakamura insistió que esperaba no ofenderme por su conocimiento tan limitado sobre mi país.
Todo lo contrario, respondí. Nada me pone más orgulloso que se asocie al Uruguay con robots de 15 metros y con gurises enlaptopeados, así le dejamos de una vez por todas el tango a los argentinos (antes de que La Haya se los reconozca oficialmente), Torres García a España (que es donde nació al fin y al cabo) y el fútbol a los brasileños (que por lo menos se divierten jugando).
Nos quedamos como media hora charlando los tres, en el medio de la vereda, hablando sobre el Uruguay, robots gigantes y poderosos, ceibalitas, videojuegos, una instalación que estaba preparando y sobre la conferencia que yo iba a dar al otro día en Santa Clarita. Como nenes chicos cambiando figuritas, nos mostramos nuestros proyectos en nuestros celulares. O como gente grande mostrando fotos carnet familiares en sus billeteras.
En pocos años, el Uruguay, alternativamente, ha sido: río de los pájaros pintados, campeones de américa y del mundo, Suiza de América, rugbistas antropófagos y ahora, para el resto del mundo, somos la tierra de los Robots Gigantes. A eso yo le llamo progreso.