Mucho se ha escrito sobre la lectura en el baño, pero menos estudiada es la pasión del ser humano por la lectura al otro extremo del aparato digestivo. Me refiero la lectura a la hora del almuerzo. Todo un tema.
Las buenas costumbres siempre nos complican la vida. Poner los codos sobre la mesa, al igual que leer durante el almuerzo, son supuestamente "mala educación" ¿Vieron que los mozos siempre se llevan el menú luego de que pedimos la comida? ¿Será debido a una conspiración educativa del sindicato de la bandeja? Quizás nunca lo sabremos. Pero la verdad es que, en los adultos, la lectura es una buena excusa contra el terrible tabú de estar sentado solo comiendo en un boliche. Quien almuerza solo es literalmente un fracasado que vierte su simiente social en la tierra. Por suerte el diario, revista y libro sirven de antídoto para estos eventos (y, más recientemente, el celular nos permite enviar SMS que prueban más allá de ninguna duda que no estamos u, horror!, somos solos). La situación es más complicada para las mujeres, pues una dama comiendo genera tanta tensión como una letra "o" entre dos números que no lleva su tílde de diferenciación (por alguna razón, la mayor parte de los adultos recuerda esa regla excepcional, pero luego escribe joven con tilde. También recuerdan la ley pelotuda de vilipendio a la bandera, pero olvidan todas las leyes del tránsito. Esta tendencia a recordar la excepción y no la regla es material para otro post). Pero volviendo a las damas, generalmente una novela les sirve como escudo para protegerse de los galanes que pretenden inocularlas contra su terrible soledad.
Esto que sucede en sociedades occidentales, no pasa en lugares como Japón. Primero porque no hay tiempo de hacer sobremesa solo: hay 15 millones de tokiotas esperando afuera por tu silla, así que más vale que te acabes pronto la sopa Miso. Pero tampoco hay estigma asociado a comer solo pues es habitual comer afuera (las distancias son grandes, la comida es buena, sana y barata y es común cenar fuera luego del trabajo, antes de volver a casa). Los locales japoneses de comida, por temas de espacio pero también culturales, favorecen las barras (individuales) sobre las mesas (sociales). El tema del diseño de sillas en distintas culturas es un clásico del diseño, pero no es el que nos tiene aquí reunidos hoy.
Volvamos entonces al origen de nuestros desvelos: la lectura en la mesa. Cuando uno es niño, no tiene más remedio (al menos los domingos) que almorzar "en familia". Esta es una obsesión de los adultos (y más si son divorciados) pues creen que la comunión de comer juntos es más importante para la vida familiar que darle bola a sus hijos cuando estos quieren explicarle por enésima vez lo alucinante que es Pokemon. El problema de almorzar "en familia" es que los temas a hablar son generalmente adultos y, por lo tanto, un embole mayúsculo para los infantes. Lastiernas criaturas encuentran inmediatamente soluciones a este problema y comienzan a jugar con el puré. Mal día pal' enano: generaciones de abuelas decidieron en los albores de la civilización que está mal visto simular topologías con pastetas alimenticias y esta actividad es siempre reprimida por los padres. Al niño no le queda otra que dedicarse a la lectura. Y aquí llegamos al corazón del asunto: generalmente hay poca tipografía en la mesa familiar. Salvo en los envases. Yo me crié leyendo una y otra vez la cantidad de medallas que ganó el Agua Salus en los concursos de Paris. Aprendí un montón de nombres químicos gracias a la lista de minerales de esta agua sagrada. Aprendí incluso lo que quiere decir "trazas". Y, además de "mineralizada cálcica", mi mente guarda recuerdos de "residuos sólidos". Soy mucho más hijo de la reforma Salusiana que de la Vareliana.
Por supuesto que hay otras botellas posibles que incentiven la lectura infantil en la mesa. Pero la mayoría no tiene mucho material del cual agarrarse. Cada tanto, maravilla, descubrimos que la botella de Coca Cola es bagayeada y aprendemos que "Contenido" se escribe "Conteudo" en portugués (pero eso pasaba MUY de vez en cuando). Pero allí se acaba la diversión. El agua Salus, incluso en la versión Redux de su etiqueta actual, es la que trae la mayor densidad de lectura para los niños uruguayos. Y, por lo tanto, es indispensable para la cultura uruguaya. Ahora que lo pienso, seguramente desmenuzar el programa escolar en etiquetas de Salus dé más resultado que el Plan Ceibal.
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Todo esto es simplemente para dar marco a los inigualables mantelitos que me trajo de Maldonado la igualmente inigualable Aurora. Creo que igual me quedo con las etiquetas de Salus, pero confíen que si van a comer a lo de Jorge, por más que vayan solos, sin lectura ni celular, tendrán con qué entretenerse. Hagan click para ampliarlos, lean y seguro que su siguiente click es ver a qué hora sale la próxima COT rumbo al Este. Porque la comida y la lectura, entran por los ojos.
Muy bueno! cuando vaya por Maldonado me doy una vuelta por lo de Jorge! Yo también recuerdo las etiquetas de agua Salus y de la cerveza Pilsen que tomaba mi padre. Es una pena que ya no esté Carlitos el Rey frente a la plaza...
Publicado por: Lucas | septiembre 09, 2008 en 07:01 a.m.
chau ! buenaso, se aprende pila con lo que aparentemente sólo son packaging ó similar. yo tengo una serie de fotos de fechas de vencimiento :S
estás "blogorrágico", siga así : )
Publicado por: a.i | septiembre 14, 2008 en 02:23 p.m.