"En el nombre de la rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo" decía el poeto y tenía razón. Un mal nombre quizás no mate a un buen diseño, pero es el equivalente a que te presenten al amor de tu vida cuando estás recien levantado, con un perejil entre los dientes, la bragueta abierta y sin haberte bañado en dos días. En serio que no exagero.
Hay una explicación clara para el repentino ataque de misticismo de mis últimos posts: estos días me encuentran en el Reino de España, tierra católica si las hay. Esta mañana me deleité con el encuentro de estos dulces en la vitrina de una panadería. Efectivamente, estos tubitos de masa rellena bañados de azúcar se parecen a huesitos. El nombre, "huesos de santo" es un precioso (aunque perturbador) ejemplo de símil (que es una palabra difícil para decir "parecido" cuando uno pone cara de profesor y habla de tropos literarios).
Claro que, al menos para mí, estos dulces se parecían más a huesos de pollo, pero calculo que nadie que tenga bajo el nivel de glúcidos sería tentado por un nombre tan vulgar. Lo de "santo" le agrega cierta autoridad al asunto y por supuesto nos remite a la salvaje tradición católica de las reliquias, esa costumbre biohazardística de guardar pedazos de santos para que el futuro podamos extraerles el ADN y clonarlos. Personalmente, yo lo único que extraería de estos huesitos sería su relleno, aspirando por un extremo, como hice tantas veces con barquillos de dulce de leche. Yo, que nunca tomé la comunión, nunca pude comer el cuerpo de Cristo. Pero, por la suma 7 euros, me puedo conformar con crocar cuarto quilo de huesitos de santo.
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