Hoy vi una babosa.
Hacía siglos que no veía una. Seguro que hace más de dos décadas. Capaz que había visto una de refilón y no me dí cuenta. Es posible que incluso haya visto su baba sobre el piso de ladrillos o piedra laja y no le dí importancia.
Las viejas la matan con sal, que absorbe el agua y le seca la baba. Una babosa sin baba no es nada, pierde hasta el nombre.
Verla así, de cerca, moviéndose despacito, hacía mucho tiempo que no me sucedía.
Seguramente yo estuve muy ocupado en los últimos tiempos como para ocuparme de la babosa. O al menos, para ponerme a la altura de ella, sentado en un escalón del fondo, tomando el sol y estudiando el piso.
Ver a la babosa fue como ver a un tigre o a una ballena. Capaz que durante todos estos años yo estuve en peligro de extinción y ni me dí cuenta. A diferencia de la babosa. La babosa, ella, tan campante, siguió con lo suyo, como si nada.
Hoy vi una babosa y mañana seguramente el recuerdo se me pierda por el camino de mi carrera, llena de reuniones con gente apurada.
En cambio, la babosa –ese caracol desalojado– seguirá construyendo, a su paso, senderos brillantes.