A la hora y media, a las dos horas, se encienden débiles lamparitas suficientemente fuertes como para sacarme afuera a patadas. Luz como de madrugada, tajo al medio del antes y después. Nos miramos, todavía desde dentro de la fiesta y sabemos que, a pesar de que todos sinceramente queremos que continue, la cansera nos empuja a nuestras casas, se acabó la joda, es un secreto a voces, como cuando la lengua se da cuenta que ese beso húmedo no es más que dos bolsas llenas de baba y burbujitas, terraja como nombre de edificio de Pocitos.
Los cursis dicen que los THE END existen para que luego puedan pasar otra película, que sin fin no hay principio y hablan de ruedas que giran, con la borrachera pastosa y bobalicona de los bebedores de certeza. No entienden que no existe la dichosa rueda, que no son más que capítulos en una cinta interminable que todo lo ata y envuelve pues el proyeccionista se rajó hace siglos a prender un cigarrillo y dejó la máquina encendida.
Soy ciudadano de tantas historias y nunca me baño dos veces en ellas porque, por más que no nos haga gracia, el río siempre desemboca en más y más agua.
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