Llegué a Hiroshima temprano, en la mañana. Me bajé del tren y fui directo, como buen turista, al bus que me llevaría al principal destino turístico de la ciudad: el museo de la bomba.
Al igual que muchos museos modernos, el de la bomba combina diferentes recursos para describir su tema. Videos, fotografías, infografías, modelos a escala y objetos históricos. El tema en este caso es altamente emotivo: el asesinato de 140.000 personas.
Un montón de datos llaman mi atención. Datos que no conocía, anecdóticos; datos racionales sobre un evento irracional. Alguien sabio dijo que hace falta ver para creer pero tocar para entender. Lamentablemente, como en la mayor parte de los museos, acariciar la historia no estaba permitido. De todas maneras, la textura de sus objetos daba escalofríos a la distancia, como una tiza chirriando en un pizzarrón de escuela. Docenas de relojes detenidos a la misma hora; un muro de hormigón salpicado por la viruela del impacto de millones de ventanas explotando al unísono; una botella lisa y líquida, fundida por la aurora de oscuridad que cubrió la ciudad hace 64 años.
El objeto que va directo al estómago es un triciclo. El texto aclara que la mayor parte de los niños de Hiroshima habían sido enviados al campo, para protegerlos de los bombardeos. No fue el caso del dueño del triciclo, niño pequeño víctima del matón “Little Boy”. El triciclo está herrumbrado pues el padre, en la desesperación de no poder darle un entierro formal a su hijo, tuvo el impulso de cavar la tierra y enterrarlo junto a su juguete preferido. Triciclo que recorrió la superficie del jardín y que terminó del otro lado del espejo, en la cara oculta del jardín donde no hay sol y las ruedas no ruedan pero también donde los humanos y sus juguetes de destrucción no se atreven a molestar. Triciclo que fue desenterrado años después, cuando el padre pudo cremar a su hijo, como lo manda la tradición nipona.
El triciclo sirve como técnica de ilustración, cumpliendo la función de sinécdoque –pars pro toto, una parte en representación del todo. Los diseñadores del museo no lo eligieron al azar: es un golpe de efecto para que el visitante se conecte con un fantasma y, de su mano, con decenas de miles. El museo cuenta sus historias de manera efectiva. Luego de recorrerlo, uno tiene una idea cabal de lo que los diseñadores pretendían. Es una escuela para caminar, muy diferente a la de los pupitres, esas naves para exploradores encalladas en el mar seco de los salones de clase.
El museo me tocó como a un instrumento musical, a través de una partitura de sorpresa, rabia, indignación, odio absoluto, pena, llanto, desesperación, ternura y esperanza. Sin embargo, mi aprendizaje en Hiroshima fue complementado de tres formas alternativas y tangenciales.
La primera fue un detalle bastante mínimo. En una pared del museo, un texto explica los efectos a largo plazo de la radiación que sigue matando lentamente décadas después del ataque. Hay una leve decoloración en la pared en la zona donde el texto describe el número de víctimas mortales del ataque (las 140.000 que murieron inmediatamente, sumadas a las muertes posteriores y a las que todavía suceden debido al cáncer y las mutaciones). Esa decoloración mínima –pues los japoneses son muy prolijos– está allí pues el número es actualizado frecuentemente. Me imagino la escena: un empleado borra las cifras de la pared y vuelve a calcar el nuevo número, seguramente anotado en un papelito. Ese cambio de tono en una pared me eriza todavía más que el triciclo pues es el único indicio en todo el museo de que la bomba sigue explotando todavía, más silenciosa y a fuego lento. Apenas un arañazo en la pared de la muerte recordándonos que, a pesar de los años, este sigue siendo su territorio.
Al terminar el recorrido, me siento en un banco a buscar mi siguiente destino en mi guía de Japón. Quiero escaparme del museo y busco la salida en las páginas de la Lonely Planet. Quiero dejar de ser humano y volver a ser turista, rodeado del confort de las fotos y los souvenirs. Ahí es cuando, sin esperarmelo, sucede la segunda explosión. Mis esperanzas de sosiego (en un jardín japonés, en un castillo, en un templo) se vaporizan al instante. Recién ahí entiendo la magnitud del desastre pues la bomba sabotea mi vida cotidiana de una manera real y tangible, mucho menos abstracta que cualquier empatía. Leo la guía de viajes y, a diferencia de todas las ciudades japonesas, apenas hay un par de páginas dedicadas a Hiroshima, pues nada hay para ver aparte del museo. Nada. Ni un templo, ni un castillo. La explicación es de una simplicidad aterradora: no hay nada para ver porque la bomba se llevó todo. Somos extrañamente egoístas los humanos. Creemos que hay que ver para creer el horror pero no aprendemos hasta que el horror nos roza apenas. Miles y miles de muertos, carteles, videos, modelos, todo cobra sentido simplemente porque yo había levantado el pie para dar un paso con el objetivo trivial de explorar y divertirme y la muerte me frena en seco con una zancadilla. Por un lado me avergüenzo de aprender desde el egoísmo, por el otro aprendo que –me guste o no– esta es la única manera de aprender en serio.
Me levanto y quiero salir corriendo rumbo a la estación pero me doy de frente con la tercer enseñanza. Una docena de niños rodea a cada visitante extranjero. Llevan cuadernos. Un par me pide que les escriba mi nombre. Mi primer reacción es pensar que me confunden con algún actor famoso (todos los occidentales nos parecemos). Minutos más tarde me entero que se trata de una clase de inglés. Los niños de Hiroshima no tienen con quién practicar ese idioma, por lo que van a cazar turistas al lugar donde los turistas están. Parece un acto deliberado, un golpe genial de técnica museística: abandonar el edificio con la nausea atómica en las entrañas para, inesperadamente, reencontrarse con la humanidad sonriente, ruidosa y en movimiento. No son parte formal del museo, pero tampoco pueden dejar de serlo. Me aferro de la enorme sonrisa de una niña de siete años que se sorprende doblemente cuando le digo que vengo de muy muy lejos y que mi profesión es crear videojuegos. Llama a sus amigos, los niños se acercan y hablamos, en un inglés muy básico, sobre juegos y juguetes. Les cuento que no hay monos en Uruguay, ellos me dicen que los hay en Japón. Intercambiamos nombres de dibujitos, historietas, videojuegos. En ese momento Hiroshima vuelve a ser un jardín y yo me alejo como recién bañado, con ganas de buscar un triciclo nuevito, brillante y colorido para salir a dar una vuelta.
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