El otro día se murió Pablo.
Para los que no lo conocían, lo primero que llamaba la atención eran sus doscientos quilos. "Obesidad mórbida" dicen los libros, pero yo te digo que estaba hinchado de vida. Sé también que no había talle de abrazo que le quedara justo. Por más que abriéramos los brazos así de grandes, Pablito era de una humanidad inabarcable.
Eramos más compinches de gurises, la tradición era quedarme a dormir después de los cumpleaños en Arequita, charlando en la cama hasta tarde sabiendo que al otro día nos esperaba la colección de Tintin y Asterix.
Entre muchas otras cosas, los milicos le robaron todos los juguetes cuando allanaron su casa. Si serían canallas... En los viajes al penal a ver a la tía, yo esperaba afuera y él entraba y luego me contaba y planeabamos planes de rescate con helicópteros y túneles y cuerdas y disfraces y ataques sorpresa. También me acuerdo lo contento que estaba el día que soltaron a su abuelo.
Un verano muy seco, en lo de sus otros abuelos en Solymar, nos dio por bailar la danza de la lluvia. Tendríamos 8 o 9 años. Bailamos un buen rato, hasta que la piel nos quedó roja por el esfuerzo. Llovió diez días seguidos. Intentamos de todo para deshacer el conjuro que nos aguó las vacaciones, pero no hubo caso. Y ahora tampoco. Quién sabe qué danza misteriosa, qué pasos entreverados dimos, ya de grandes, primos hermanos, para quedar separados, truco barato de los carapálidas y yo acá solo, a la intemperie, atormentado con las gotas que no paran de caer.
Pablo tenía todas las excusas del mundo para ser un amargado pero nunca se tomó ese lujo. Dicen que los muertos son todos buenos. Capaz que es cierto, vaya uno a saber. Lo que sí sé es que los vivos no somos todos buenos y que durante su paseo por este mundo, la bondad fue el único abrigo que a Pablo nunca le quedó apretado.
Me toco y siento las piedritas de granizo debajo de la piel, como el relleno de un olvidado muñeco de tela. Sin huesos que me sostengan: alguien me los cambió por una niebla helada que se queda mansita hasta que sin saber de dónde, te tira el tarascón. Entonces me vienen los chuchos, las piedras se alborotan y el chijete se cuela por rendijas que yo ni sabía que tenía . Debe ser porque el pelotudo de mi primo, en el apuro de morirse, no se dio cuenta y dejó la puerta mal cerrada.
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