Todavía sigo con la borrachera aburrida del jetlag, pero la semana pasada estuve en la tierra del aire acondicionado. Treinta grados afuera, quince dentro. Así se vive en California y el resfrío, pasajero como yo, se coló de contrabando en mi persona.
Unos diez minutos esperé en la cola de la oficina de Correos de Burbank, al norte de Los Angeles. Es difícil ver gente en Los Angeles, porque pocos caminan por la calle. A lo sumo veía cabezas en ventanillas, durante breves paradas en los semáforos. Una lástima, porque en Los Angeles hay gente linda. Lo digo literalmente. Durante más de un siglo, todo muchacho o muchacha con buena pinta, marchó a buscar fortuna a Hollywood. La mayor parte nunca la encontró, pero tuvo descendencia. Más de un siglo de selección natural de buenos mozos que terminaron de camareros pero que nunca pierden la esperanza de estrellarse contra el éxito.
En la fila del Correo había una docena de personajes –entre los que me incluyo– por lo que la espera fue menos aburrida de lo esperable. ¿Qué habría dentro de esos paquetes y esos sobres que la mañana siguiente estarían desperdigados bajo el cielo estadounidense que es grande, enorme y en California se admira siempre detras del ventanal de un parabrisas.
Pavada de estornudo me mandé. Un joven treintañero, que estaba haciendo fila dos lugares adelante mío, se me acerca y me pregunta: "¿Viste que justo antes del estornudo hay como un segundo donde el tiempo se detiene?" Sorprendido, asentí. "Estuve técnicamente muerto dos veces, primero por 6 y luego por 4 minutos. Y la sensación es exactamente esa misma" dijo mirando al suelo y enseguida regresó a su lugar.
Dicen que un susto corta el hipo. A mí me curó un resfrío.
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