Hay un exámen que pierdo todos los años. Nunca hay mesa en febrero y me lo sigo llevando a julio. Armo un trencito, con letra minúscula y prolija, anotando todo lo importante que quiero olvidar. Pero sus vías dan una vuelta larga y terminan siempre en la misma estación. Parado frente al tribunal repito, de memoria, cada detalle, una y otra vez y lamentablemente nunca me quedo en blanco.
Entonces enrollo el papelito, armo un cigarro y lo despido a besos, esperando que se esfume mientras el viento me limpia por dentro.
Con cada pitada brilla más fuerte el sol entre mis labios y rezo para que destiña las fotos en mi cabeza, como al estampado de una cortina vieja en una casa de balneario. Pienso que la baba y la ceniza las volverán, al menos, blanco y negro, una figurita difícil despegada para siempre de mi álbum del recuerdo.
Por un largo segundo, la luz me encandila y el olvido, como un gato, se acurruca a dormir sobre mi pecho. Soplo feliz y el mundo crece como un globo blanco.
Me canso. Pierdo el aliento. La niebla se disipa, el faro se apaga y sigo viendo los terribles colores, vivos, cada vez que parpadeo. El único que no se hizo humo soy yo, muerto de frío. Me ajusto el abrigo y doy el primer paso. Camino, mirando hacia abajo, sabiendo que tarde o temprano me cruzaré con esa persona, amable, a la que pueda pedirle fuego.
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