En francés, bureau quiere decir escritorio. La burocracia es, entonces, el poder de los escritorios, artefactos de metal y/o madera que, a simple vista, parecen bastante poco poderosos.
En Uruguay, todos defendemos nuestra chacrita. En el Estado uruguayo, la chacrita es una parcela de poder con forma de escritorio, donde se plantan papeles muy abonados, se riegan con ríos de lágrimas y nunca crece nada.
Un escritorio puede parece poca cosa, pero recordemos que estamos en el país de “poco pero mío”. Para el burócrata es poco pero mucho, por eso se atornilla a la silla hasta el día en que se muera. Lamentablemente, ni muertos son productivos: sus cuerpos se hace polvo, como nuestros sueños, y nada fertilizan.
En un Estado que funciona más o menos bien, en el escritorio se plantan ideas y crecen sombra, alimento y, de vez en cuando, hasta alguna flor. En un Estado como el nuestro, que supo ser Estado de Bienestar y ahora es estado de malestar, el escritorio es tierra árida y seca donde apenas crecen malas hierbas. Malas, pero nuestras.
Hay una tendencia –equivocada creo yo– a pensar que la burocracia genera una burrocracia, el poder de los incapaces. No nos confundamos. La enorme mayoría de la gente que hoy trabaja en nuestro Estado no tiene ni un pelo de tonta. La mayoría sabe que cobra por un trabajo mal hecho, trabajando a media máquina, como las máquinas de medias de la fábrica de Whisky. Es gente que encalló en una islita estéril, poca pero suya y que cambió una vida de oportunidades por la certeza de la mediocridad.
El problema es que todas esas chacritas no son “pocas pero suyas”. No son pocas, ni son suyas. Son muchas y son nuestras. De todos. Las pagamos cada día, al pagar el iva, al cobrar nuestros sueldos, al pagar los impuestos. Les alquilamos nuestra casa pero somos nosotros los que pagamos el alquiler. Para peor, se lo pagamos a inquilinos que no podemos desalojar y que arrancan de raíz todo lo que crece.
No son burros pero tienen miedo. Miedo de tener que rendir cuentas. Miedo de ser responsables por sus aciertos y sus errores. Miedos que tenemos todos los uruguayos que no tenemos un salario asegurado de por vida pero que, mal o bien, nos las arreglamos.
Los burócratas no son un ejército extranjero, pero la bandera que tienen plantada en sus chacritas no tiene ni nubes para lluvia, ni cielo azul ni sol que genere vida. Es una bandera blanca de gente que se rindió hace mucho tiempo.
Tampoco es gente que nos sea extranjera: muchos son nuestros amigos, padres o hermanos y por eso nos cuesta, los justificamos, los queremos y nos es difícil explicarles que tienen que crecer y ganarse la vida, igual que la gente común.
Si queremos realmente cambiar el Estado, tenemos que entender que es mucho campo el que hemos cedido. Hay mucho campo árido en el Estado uruguayo. Muchas chacritas rodeadas de alambre de púa. Cambiemos la burocracia por la laburocracia: la tierra para el que la trabaja. El que quiera la oportunidad de plantar, que se quede, juntos transformaremos su chacrita en un parque público. Al que esté aferrado a su escritorio improductivo, latifundista de oficina, le quitaremos su mesa de árbol muerto y se desalambrará su reino vacío. Perderá la chancha y los cuatro reales; le dejaremos apenas un gallito, Luis, para que se arregle como cualquier hijo de vecino.
Escribo esto a mediados de diciembre, cuando Uruguay por un lado mira a un nuevo presidente. Es un presidente que no me cae del todo bien. Pero le creo cuando dice que quiere acabar con la burocracia. Como buen chacarero, sabe que los burócratas están atrincherados en sus chacritas y que van a defender a muerte sus beneficios –sus lujos injustos– en nombre de derechos inalienables. Es verdad, todos tenemos derecho al trabajo pero los países solo pueden tener la justicia social que pueden pagar. Y no hay plata para pagar burocracia y desarrollo a la vez. Si no damos arados a los laburantes y desterramos a los peores americanos, la erosión nos come vivos.
Pero claro, es diciembre, tengo una despedida, después de las fiestas me voy para Rocha, hablamos en marzo, uy, pará, mejor después de turismo. Todos tenemos nuestro escritorio yermo, donde nos tiramos panza arriba al sol antes, durante y después de la merecida licencia. No deja de ser un fardo, pero son terrenos privados de nuestra manera de ser y que también nos anclan. Pero el problema urgente son los tipos que nos alambraron el jardín, que todavía es de todos, y no hay lugar donde jugar un picadito ni plantar unos choclos. Entre todos, podemos de nuevo hacerlo tierra fértil de la cual podemos estar orgullosos, donde crezcan ceibalitas y florezca, verde, la esperanza. Hay que bajarse del caballo, uruguayos, arremangarse y ponerse a laburar: antes de ser campeones, hay que ser peones, de América, del mundo y de nuestro propio destino. La tierra para el que la trabaja.