No quiero romantizar a los que se fueron, porque sé que no es fácil quedarse en Uruguay y que siempre está el mantra de “yo me pude haber ido pero no, opté por quedarme y pelearla acá”. Ese es un argumento atendible, pero sinceramente respeto todavía más a los que se fueron y volvieron a pelearla, luego de haber visto que en otros lares la vida ofrece “alfombra y calefacción”, entre otras cosas.
Hay que ser un poco loco, un poco inconsciente y un poco valiente para emigrar y zambullirse en un país que poco tiene que ver con lo que uno conoce, donde algo tan banal como comprar fruta o sacar un boleto se transforma en una operación comando. Nada vuelve a ser igual luego de salir del Uruguay: uno queda para siempre anclado en una tierra de nadie, incluso si luego retorna para siempre. Uno no puede quejarse del Uruguay porque enseguida hay uno que salta con un “si no te gusta, volvete”. Uno tampoco puede pasarse la vida –porque la vida pasa– añorando una vuelta que sabemos que no estamos dispuestos a hacer.
Quería escribir hoy no sobre el retorno, el desexilio o la vuelta, sino sobre las visitas navideñas de los uruguayos que viven fuera, algo que me tocó vivir más de una vez.
Primero, en Uruguay la gente va a recibirte en patota a los aeropuertos. Esto no es así en la mayoría de los países en los que he vivido. Sí, claro, van tus padres a buscarte, besos y abrazos, para luego reunirte en su casa con el resto de los familiares y amigos. Racionalmente, esto cierra mucho más que hacer que todo el mundo vaya hasta Carrasco, para estar cinco minutos y luego partir de nuevo. Obviamente, nada tiene de racional esto y tampoco debería tenerlo, pero no es un dato menor. Alarga la alegría al llegar pero también eterniza el dolor al partir. Tiene mucho de amor y algo de asfixia.
Como todos sabemos, diciembre es un mes de reuniones y de agendas que explotan. Seguramente hay algo mágico en pensar que se acaba el año equivale a que se acaba el mundo, porque sí o sí hay que verse con la gente querida, cueste lo que cueste. El visitante es entonces acosado por millones de personas que se mueren por verlo. En algunos casos, con los ancianos, sabemos que sobrevuela un ave negra y que si no los vemos, literalmente quizás no los veamos más. Lo sorprendente es que mucha de la gente por la que hacía malabarismos por ver cuando venía de vacaciones, la he visto poco y nada ahora que hace 3 años que me mudé al Uruguay. No hay maldad ni falta de cariño en estas palabras pero si una constatación de que la visita por 10 días distorsiona las relaciones hasta transformarlas en un parque temático. La visita es una disneylandización de la experiencia uruguaya, con merchandising incluido y lista de comidas autóctonas. De la misma manera que hay que ver sí o sí a miles, hay que comer chivito, asado, chinchulines, tomar malta, comer chajá y un montón de otras cosas que, al menos en mi caso, no he vuelto a probar ahora que estoy de vuelta.
El tema no es tanto ponernos al día con la vida de los otros (para eso está el email, el facebook y el fono) sino tocarlos. Tocarlos para comprobar que todos seguimos vivos, tocarlos para convencernos que, efectivamente, el otro sigue estando y siendo. La computadora nos deja ver y escuchar, pero nada más. Internet no deja palmearnos y esta es una necesidad animal, como el olfato de los perros.
Visitar por poco tiempo siempre deja gente que no pudimos ver. Algunos lo entienden mejor que otros. A algunos les duele más que a otros saber que estuvimos por estas tierras pero que hay un límite físico a la cantidad de “asaditos” que uno puede comer en una semana. Lo sorprendente es que mucha de esa gente que se ofende terriblemente porque no pudiste pasar por su casa en diciembre, desaparece rumbo al este en enero y no está dispuesta a tomarse un COPSA para vernos.
Todo se concentra en esos 10 días: lo bueno y lo malo de las relaciones familiares y amistosas. Todo es contrareloj y comprimido, incluyendo los abrazos y los griteríos. Pero lo mejor, sin lugar a dudas, son los niños. Niños que nos conocen poco y nada pero que escucharon hablar de nosotros en exceso. Niños que nos miran, tímidos, como si fueramos extraterrestres con su mi mismo apellido. Niños que hacen pocas preguntas pero que ven en el viajero detalles de otro mundo posible. Niños para los que cualquier detalle de nuestra vida cotidiana es misterioso y fascinante, incluyendo el diario que trajimos del avión o un boleto que quedó en un bolsillo.
Llega el día, hay que volver y la sensación es que el tiempo no dio para nada. Que, a pesar de que seguimos llamandoles “vacaciones”, la corta visita nada tuvo de descanso. Y sin embargo volvemos tranquilos por haber tocado nuestro cielo con las manos. Caricia, palmada, abrazo. Por la misma razón que todos tenemos el impulso –prohibido– a tocar un cuadro en un museo. Porque sólo al tocar sabemos que algo existe y que, para bien o para mal, no estamos solos en este planeta.
Buenazo, 100% de acuerdo, por haber vivido la misma experiencia, tan aterradora como surrealista. Abrazo.
Publicado por: Tommy | diciembre 18, 2009 en 08:44 p.m.
Es casi como una radiografia de lo que me esta pasando en este momento. Como siempre, un placer leerlo.
Publicado por: Guillermo Melantoni | diciembre 24, 2009 en 05:54 p.m.