Hay cosas que no termino de entender. Por un lado, el Uruguay es un país claramente homófobo. Menos que antes pero todavía con mucho más camino por delante del que queremos admitir.
Por otro lado, desde hace poquito tiempo, el Uruguay es el primer país de América Latina que tiene unión civil para parejas gay. Nuevas leyes permiten que los transexuales puedan cambiar su nombre por uno que vaya mejor con su identidad y parece que los gay ahora pueden adoptar niños (digo parece porque todavía no ha sucedido). En San Francisco –principal ciudad gay de EEUU– la gente de a pie con la que he hablado conoce al Uruguay por estos logros y no por el asado, el fútbol o el candombe.
Esta es una enorme contradicción que no logro explicarme. Si miro la ley, Uruguay es un país líder en derechos de los homosexuales. Si miro la tele, voy al carnaval, voy a una juguetería o me siento a escuchar una conversación en un bar, el Uruguay es un país degenerado en temas de género. Si, es verdad, la situación es muchísimo mejor que hace una década, pero no estoy seguro que eso sea consecuencia de un proceso propio de maduración. Creo que en gran parte se debe al (¡a veces positivo!) imperialismo cultural yanki, que a través de la TV cable nos obligó a ver que los distintos no son tan diferentes.
Personalmente, loo que más me llamó la atención fue la manera en la que se votaron estas nuevas leyes. No hubo un debate público. Se votaron en el parlamento y listo, de un día para el otro pasamos a ser un país progre y, uf, no tenemos por qué hablar más del tema. Amanecimos con leyes que nos dan patente de tolerante pero, en los hechos, seguimos siendo un país de homófobos que no se animan a salir del ropero.
Hace un par de años tocó Andrés Calamaro en el Estadio Charrúa. El telonero era Dani Umpi y no bien arrancó, docenas de machos bien machos empezaron a gritarle “¡Puto!”. El griterío se hizo tan insoportable que Umpi tuvo que frenar en la mitad de una canción y preguntó “¿Qué les pasa? ¿Nunca vieron un maricón?” Al rato entró Andrés y todo el mundo se olvidó de Umpi. Estos mismos compatriotas, tan ocupados antes por dejar en claro su masculinidad agresiva, cantaban ahora, en corito y con el encendedor en la mano: “Te quiero…te llevaste la flor pero igual, te quiero...”
La anécdota de Dani Umpi en el concierto de Calamaro me hizo acordar a la silbatina e insultos a Drexler en aquel concierto de Sabina en el Teatro de Verano del año, creo, 97. El ex-médico y casi desconocido cantautor -al menos para las huestes de Berch- se plantó con su guitarra acústica a cantar sus pequeñas canciones sensibles y fue expulsado del escenario por un la gran mayoría del público que esperaba a Sabina. De hecho, casi todo el mundo allí presente coreaba el nombre de Sabina y entre sílaba y sílaba siempre se escuchaba un "andate puto" o cosas similares. Hoy, esos mismos boludos pagan por ver a Drexler o compran sus discos, arrastrados a ello por la legitimación que el mercado ha hecho de su obra, con Oscar incluido. La cuestión es que para nuestra sociedad, lo nuevo, lo puto, lo que no es easy liestening, lo no concheto, lo candombero, lo moderno, es un tabú tremendo. Curioso es que estos tabúes muchas veces, sean violentados por la aprobación de estas leyes ante las que apenas una minoría de fundamentalistas de la Iglesia se manifiesta contraria, como vos decís. Y más curisos aun es considerar que estas leyes son creadas y aprobadas por gente del parlamento, que supuestamente nos representa. ¿Nos representa entonces o se trata de una elite que con razón o no, está proponiendo un nuevo imaginario que no llega a prender en la masa? Esa misma masa de gente de esta sociedad que por un lado se manifiesta faorable a una gobienro de izquierdas y resulta que luego está también a favor de salir a matar pibes con pinta de pobres porque pueden ser una amenaza.
Publicado por: Tincho | enero 19, 2010 en 05:20 p.m.