El otro día, ordenando papeles para la mudanza, encontré mi Jura a la Bandera. Uf! Hacía décadas que me había olvidado de su existencia; quedó en casa de mis padres, no deambulé con ella por el mundo. Y sin embargo, mi primera sensación fue de alivio porque todavía recuerdo la seriedad de mis mayores: si perdía ese papel prácticamente ponía en riesgo mi supervivencia. Con los años, bah, seamos honestos, con la vejez, uno sonríe ante esos temores adolescentes, heredados de varias generaciones de m’hijo el dotor, en los cuales un pedacito de papel podía abrir las puertas del paraíso. Esas puertas se han entornado un poco –nunca cierran del todo– pero los uruguayos no hemos cambiado nuestro vizcachismo por los papelitos.
Nos enseñan que se aprende en la escuela, en el liceo o en la universidad. Luego, listo, uno ya aprendió y ahora sale a trabajar. La mollera ya cerró y nunca más te va a entrar nada nuevo en el bocho. Es hora de “hacer currículum”, una lista infame que se transforma en un fin en sí mismo; un álbum que hay que completar con figuritas a toda costa, por más que sean casi todas repetidas.
Pepi, una amiga sabia, me dijo una vez el truco para asegurar gran participación de público en eventos culturales: “decí que das un certificado de asistencia al final”, me dijo y, maravilla, la gente se triplicó. Certifico que fulano de tal estuvo sentado en una silla en tal lugar, durante tanto tiempo, con tal ruido de fondo. Otro papelito para alimentar al insaciable monstruo curricular.
Claro que no todos los papeles son papelitos. Los hay (los menos) que prueban que hemos aprendido algo en esta vida. Generalmente son fotos, cartas y a veces hasta diplomas. ¿Cómo se diferencia un papel de un papelito? Muy simple. Los papelitos nunca nos producen emociones fuertes, recuerdos felices o dolorosos. Los papelitos apenas nos hacen un corte invisible en el dedo. Los papeles que nos enseñaron algo nos dejan cicatrices para toda la vida.
Tratá de explicarle eso al tribunal de tu concurso por oposición y méritos.
En los mundos artificiales, tales como la administración pública o la academia (pública o privada), los papelitos son ley. Son números borrosos para una lotería sin premio; sus dueños son millonarios en billetes de un país que nunca existió. Las batallas más feroces son aquellas en las que no hay nada que ganar. Y por eso, quienes malgastan sus vidas en “hacer carrera” están condenados a ser enterrados por jerarcas desconocidos que leerán en voz alta su currículum frente a un cementerio despoblado. Y el muerto terminará olvidado para siempre en el fondo de un cajón. Como los papelitos. Aplauso, medalla y beso.
Todos tenemos una carpeta con algunos papeles y muchos papelitos. Nos podemos hacer los guapos pero la verdad es que nunca los tiramos. Mi Jura a la Bandera sigue ahí. Quiero creer que la próxima vez que me encuentre con ella, tendré el valor de convertirla en origami, pero lo dudo.
Javier se fue dos semanas a Brasil a hacer una pasantía en la Globo. Todo el mundo se alegró muchísimo y le dijo “va a ser buenísimo para tu currículum’. Nadie le dijo le dijo que iba a ser buenísimo para él.