Sigo medio obsesionado con Ataque de Pánico. Cada tanto aparto mis papeles virtuales, largo el YouTube y lo miro de nuevo. Tiene algo hipnótico que va más allá de su excelente calidad y de la envidia que me dan los robots Horikawa con los que juega el nene del principio. El otro día creo que me dí cuenta. Puede que suene a obviedad, pero ver a Montevideo volar por los aires es un derecho humano.
Cuando se estrenó 25 Watts, el Eyhe tuvo el buen tino de comentarme que era “la primer película uruguaya que no tenía que pedir perdón por nada”. Y tenía razón. Además de ser maravillosa, se disfrutaba sin las clásicas excusas que habían plagado al cine –si es que se le puede llamar cine– nacional anterior.
Muchos años antes, Luciano Alvarez –el canoso del programa Inéditos que pasaba en Canal 10– publicó un libro que se llamaba “La casa sin espejos”. El título se refería al terrible estado de la cultura uruguaya, que en aquel entonces todavía no tenía una producción audiovisual decente, espejos en los cuales vernos reflejados.
Ataque de Pánico es un clip corto pero es también un espejo reluciente. Debe ser, sin temor a equivocarme, el primer ejemplo de cine catástrofe del país (insertar aquí chiste sobre selección uruguaya). Y, como decía, los pueblos no solo tienen derecho a tener espejos, pero también tienen derecho a romperlos en mil pedazos.
Romper todo es sano. Hay un placer salvaje en la destrucción, especialmente si es algo querido. Durante décadas, vimos con horror cómo en las películas gringas los personajes con rabietas destruían habitaciones (¡la tele no!). Eso jamás podría pasar en el Uruguay, porque la heladera la heredé de mi hermana, la tele todavía está sin pagar y el juego de platos, si bien es horrible, es regalo de casamiento de Marisa. En Uruguay se junta, se guarda, se cuida, se arregla, se hurga, se zurce y se remienda. En Uruguay podemos tener ganas de tirarte un florero por la cabeza. No lo hacemos, pero no por miedo a lastimarte. No lo hacemos por la misma razón que existe Tristán Narvaja: nada se destruye, todo se transforma (en mugre). Esta patología supuestamente es un regalo de nuestros ancestros inmigrantes. Hoy nos viene al pelo, porque el consumo pasó a ser políticamente incorrecto y el reciclaje es moda pero no nos engañemos, en nuestro caso es una enfermedad y no una virtud.
Por eso, cada vez que veo el Palacio Legislativo explotar a la mierda y la torre del Salvo desplomarse sobre la Plaza, mi corazón late más fuerte. Hay algo de liberación, de terapia colectiva cuando una cultura pasa del tango al pogo sin escalas. Más allá de las historias de Hollywood y los 300 dólares, este clip de pocos minutos hace más por nuestra cultura que muchos otros intentos recontraserios de laaaaaargometrajes. Quién te iba a decir que, de vez en cuando, tener un ataque de pánico es bueno para la salud.
Luego de horas y horas de esfuerzos, cuando cae el sol sobre la playa y las madres sacuden la arena de las toallas, el niño, descalzo, mira por última vez su castillo de arena. Lo mira y salta sobre él, pisoteandolo, en un baile alegre y prohibido. Hay un aprendizaje también en la destrucción, a sentir placer fuera de la mesura; hay sabiduría en romper todo.
El niño sabe que si no es él quien lo rompa, será otro. O será la marea la que tarde o temprano terminará destruyéndolo. Pero también sabe que mañana, cuando vuelva, tendrá tiempo de sobra para empezar de nuevo.
Que bueno haber encontrado a bichobolita.com.
Y es interesante lo que siento mientras voy leyendo tus exposiciones. Tus posts son como electrocardiogramas con picos armónicos y valles en los tus palabras chocan contra el cuasiuruguayismo reinante.
Gracias por dedicar este tiempo.
Publicado por: Diego Lindner | marzo 15, 2010 en 04:44 p.m.