Es marzo. Comienzan a caer las hojas y, sin embargo, otras renacen, pegadas en columnas, vidrieras y carteleras de supermercados.
Es marzo y todos los que saben algo promocionan los cursos más variados. En primavera la zafra es dieta y gimnasio; en otoño es el currículum el que entra en engorde.
- Taller de temas de conversación para cuando uno queda en una fiesta parado junto a un recién conocido, saladito en mano y se hace un silencio insoportable.
- Cursillo en cómo hacer para que los silencios insoportables me dejen de importar.
- Posgrado en asumir que, a pesar de todos mis esfuerzos, mi sobrinito va a tener malos días, va a llorar y sufrir.
- Curso en olvidar lo aprendido en el posgrado anterior.
- Maestría en colocar la cadena de la bici enchastrándome solamente dos dedos.
- Curso intensivo en sudestadas, para dominio de veletas, cometas y polleras.
- Doctorado en danzas populares judías, rusas e italianas (de esas que se bailan a los gritos, aplaudiendo, todos medio borrachos)
- Diploma para levantarme todos los días recordando que tengo un doctorado en danzas populares judías, rusas e italianas, de esas que se bailan a los gritos, aplaudiendo, todos medio borrachos.
Esta es la lista de cursos a la que siempre me quiero anotar y siempre llego tarde. Quizás el próximo año recuerde que los cupos son limitados y sólo unos pocos aprenden algo útil en esta vida.