Además de la vida, le quisieron robar la muerte. Pero su nombre, arrancado de sus huesos por los perros que lo enterraron, se refugió durante décadas, clandestino, en bocas, papeles y en corazones. Hasta que hoy, ese nombre encontró al fin un fin sereno.
Podrán ocultar nuestros restos bajo tierra pero nunca los caminos que hicimos sobre ella. Todos somos familiares.
ES lo mejor que he leído sobre Julio Castro. Quisiera compartirlo en Facebook y no sé hacerlo.
Publicado por: joselo olascuaga | diciembre 02, 2011 en 12:33 a.m.
Ta, lo compartí.
Publicado por: joselo olascuaga | diciembre 02, 2011 en 12:41 a.m.