No era blanca pero tenía la panza blanca. Se llamaba Keiko aunque alcanzó la fama como “la ballena de Free Willy”. Aclaro que sólo trabajó en la primer película pues en las secuelas se usaron robots, como el de Tiburón. Ballenas robot, hmmm. Nota mental: ya sé qué le voy a pedir a los Reyes...
Conocí a Keiko una mañana de primavera en el lluvioso Estado de Oregon. Yo trabajaba en una productora de video aunque lo mío no era andar con la cámara a cuestas. Mi laburo era en un sótano junto a una computadora. Pero justo ese día mi jefe me dijo que necesitaban ayuda para una filmación, así que marché junto al equipo en una camioneta rumbo al acuario de Newport, en la costa del Pacífico.
La ballena era como un perro grande. Ahora después les explico por qué.
Antes de llegar a la fama, Keiko había “trabajado” en un circo acuático mexicano. Luego de la película, un grupo de bienintencionados decidió “liberar” a Willy/Keiko del circo y llevarla a un acuario diseñado a medida. La segunda liberación iba a suceder un tiempo después, cuando llevaran a Keiko en avión, rumbo a una bahía cerrada en Islandia. Allí, los científicos esperaban que la orca aprendería a comer por sí misma, para luego ser liberada una última vez en alta mar. Esto último no sucedió, pero yo ya me lo veía venir, porque ese bicho estaba totalmente mal de la cabeza.
Keiko nadaba en una enorme piscina con paredes de vidrio. Una de ellas daba a la “sala de control”, donde era monitoreada por los científicos que la cuidaban. Allí me acerqué, luego de dejar en el piso las cajas con material de video y puse la ñata contra el vidrio. Al ratito vino Keiko y se puso a la altura de mis ojos. Ahí pensé “seguramente este sea uno de los momentos más emocionantes de mi vida”, pues allí estaba, con mis veintipocos años a centímetros conectado emocionalmente con el magnífico mamífero que flotaba del otro lado. En mi momento Kodak, levanté la mano para saludarla a través del vidrio, como las novios de los presos. Mágicamente, Keiko movió su aleta.
Lo hice de nuevo y la aleta se volvió a mover. Probé con el brazo izquierdo y Keiko siguió como un espejo. Emoción! Yo lagrimeaba y hubiera jurado que la ballena también, aunque, como sabrán, es complicado ver lágrimas submarinas. Me estaba comunicando con otra especie, pensé durante mi trance New Age, mientras imaginaba el Oscar que aceptaría por mi aventura mezcla de Cousteau con Encuentros Cercanos.
Uno de los entrenadores vio mi excitación y, con una sonrisa mordaz, me llevó por una escalera a la superficie. Una vez al borde de la piscina, hizo un silbido, apareció la ballena y le tiro un juguete de goma denso, que se hundió rápidamente. Keiko se sumergió y a los pocos segundos, volvió con el juguete entre sus dientes, para jugar de nuevo. Sólo le faltaba una cucha. La ballena estaba completamente chapita: se creía un perro de mar.
El pobre bicho no era más que un pobre banana tratando de agradar. Sólo le faltaba dar la pata y hacer el muertito. Seguramente la culpa la tuvieron sus años de cautiverio en el circo aunque nunca podremos estar seguros, pues mucho se ha escrito sobre la inteligencia de ballenas y delfines, pero hay muy poca bibliografía sobre su estupidez.
Un rato más tarde llegaron unos técnicos y liberaron un par de peces en la piscina, con la esperanza de que Keiko aprendiera a cazar su alimento –habilidad imprescindible para su nueva vida en Islandia. Ni la lengua les pasó. Keiko se divirtió persiguiéndolos, como un perro que le ladra a los tucu-tucus, como un niño que juega con la comida y no traga bocado.
Pero la razón por la cual nos habían contratado era para hacer un documental de los últimos días de Keiko en el acuario, antes de su viaje. Justo ese día había ido de visita una familia con su hijo discapacitado. El niño, que tendría unos diez años, era flaquito y estaba en una silla de ruedas. Según me explicaron, nunca aprendió a hablar hasta que vio la película de Free Willy, con la que se obsesionó. El niño comenzó a imitar el ruido de la ballena cada vez que veía la película, oportunidad que aprovechó su terapeuta para comenzar un largo proceso que mejoró enormemente su capacidad para hacerse entender.
El camarógrafo preparó el trípode y la cámara. Yo sostenía el micrófono. Llegó el director del acuario junto a los padres y el niño en su silla de ruedas. Se acercaron al borde de la piscina y comenzó la filmación del emotivo momento en que la familia conocería al animal que tanto impacto había tenido en sus vidas.
El director del acuario lloraba. El padre lloraba y le daba palmaditas a la orca. La madre lloraba y le agradecía una y otra vez al bicho. Hasta el camarógrafo lloraba. Precioso, mucho moco, pero nadie se daba cuenta de que el pobre gurí gritaba como un descosido.
Eran gritos de terror.
Claro, nadie se percató que el pobre flacucho estaba a centímetros de la gigantesca boca, llena de enormes dientes, de una monstruosa bestia de 5 metros de largo. Si el freno de la silla patinaba, se lo zampaba enterito. A ver, padres, un poco de sentido común: el apodo de “ballena asesina” uno no se lo gana por casualidad.
Un par de minutos después, gran despedida con la ballena, los padres seguían llorando y tirándole besos. Para ese entonces, el nene ya había parado de gritar, probablemente por el shock.
Al niño nunca más lo vi. A la ballena la vi un par de veces más, en la tele, en su nueva casita en Islandia. Nunca aprendió a pescar por sí misma y tuvo que ser alimentada a mano hasta que murió el 12 de setiembre del 2003, para gran tristeza de los amantes de la naturaleza y para gran alivio de un chico discapacitado de Wyoming.