En este mundial, Uruguay llegó a donde llegó haciendo lo impensable: jugando bien al fútbol.
En vez de confiar en el milagro, en vez de cada uno hacer la suya, en vez de buscar excusas, la selección uruguaya ganó justamente porque no jugó “a la uruguaya”. Por primera vez en décadas, entendió que la garra no araña si no la impulsa el esfuerzo.
Ya no somos el pueblo elegido de Colombes y Amsterdam.
Pero hoy somos un pueblo que puede elegir.
Elegir dejar de ser 3 millones de directores técnicos y pasar a ser 3 millones de jugadores.
3 millones de jugadores que armen la jugada entre todos. Que hagan el pase para que defina el mejor y no siempre yo, yo, yo, o mi agrupación, o mi gremio, o mi partido, o siempre los míos.
Elegir que, sin importar su partido, el equipo entero tiene que dejar que el DT dirija, sin hacerle zancadillas.
Que el penal lo patee el mejor capacitado y no al que pusieron a dedo para beneficio de unos pocos.
Hoy también podemos elegir superar los prejuicios que nos separan.
Elegir entender que todos somos un mismo equipo y que el mejor de nosotros puede estar en cualquier lado. Incluso entre los rubios pitucos de Carrasco, esos para los que Benedetti pedía escupitajos.
Elegir ver que el tipo al que le decimos “pajuerano” puede ser el que le ponga el pecho a las balas y se coma una roja para que sigamos vivos.
Elegir entender que los jóvenes pueden sorprendernos, porque lo que no tienen en experiencia lo tienen en pasión y energía. Pero para eso hay que sacarlos del banco y dejarlos jugar.
Elegir no ponernos la celeste cada cuatro años, sino cada mañana antes de salir a la cancha.
Ya no somos el pueblo elegido.
Pero podemos elegir.